Descubre la Esencia Atemporal del Blanco y Negro: Un Homenaje a Ripley.

Descubre cómo la fotografía en blanco y negro captura la esencia de cada momento con una profundidad y emoción únicas.

Un viaje visual inspirado en ripley

Explora la narrativa única de la serie y déjate envolver por el dramatismo del blanco y negro.

Descubre la magia de las imágenes monocromáticas de nuestros autores, en un tributo a la estética cinematográfica de Robert Elswit.

En remembranza: Sombras de Ripley.

En este fascinante video, te invitamos a descubrir el arte de la fotografía en la película de Ripley, capturada por el talentoso Robert Elswit. A través de su lente, cada imagen no solo refleja la atmósfera de la trama, sino que también evoca emociones profundas, llevando al espectador a un viaje visual que entrelaza la narrativa con la estética. Prepárate para adentrarte en un universo donde la luz y la sombra se convierten en narradoras, revelando la complejidad de los personajes y los momentos que dan vida a esta obra maestra del séptimo arte.

Nota sobre las imágenes de referencia:

Algunas de las imágenes utilizadas en esta página son de la serie Ripley, producida por Netflix y dirigida por Steven Zaillian, con dirección de fotografía de Robert Elswit. Estas imágenes son propiedad de Netflix y se presentan únicamente como referencia para rendir homenaje a su estética visual en blanco y negro. Este proyecto es un tributo artístico y no pretende replicar ni apropiarse de dichas obras.

REVISTA

Explora el universo visual de Ripley como nunca antes.
Esta edición especial está dedicada a la atmósfera única de la serie de Netflix Ripley, una obra maestra en blanco y negro que convierte cada plano en una fotografía cuidadosamente compuesta.

La estética monocromática no es solo una elección estilística, sino una declaración de intenciones: resalta las sombras, el silencio y el misterio que envuelven al protagonista. A través de esta revista digital interactiva, te invitamos a detenerte en los matices, a observar la composición, la luz y el vacío con la misma obsesión con la que Tom Ripley observa el mundo que desea poseer.

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Galería de Fotografía en Blanco y Negro

Carmen Perez Carpeño

El eco del reloj.

El Eco Del Reloj

Carmen Perez Carpeño

El reloj colgaba sobre la puerta como un juez inquebrantable, marcando cada segundo con la precisión de una sentencia inevitable. Allí, en el marco de esa entrada, el tiempo parecía detenerse, aunque las agujas continuaban su marcha fría e impasible. Era imposible no sentir su mirada metálica, casi como si sus engranajes supieran algo que los demás ignoraban. A Ripley le hubiera fascinado ese detalle: un símbolo tan mundano convertido en un testigo omnipresente, dictando silenciosamente el ritmo de los destinos que él mismo torcería.

Tras la puerta, la escena se desplegaba como un cuadro pintado con luz suave: un grupo de personas conversaba en una armonía casual, ajenas a la sombra del umbral.

Era un momento robado, como los muchos que Ripley se encargaba de esculpir en su vida. Él también habría observado desde esta posición, su mirada fija en los detalles que otros pasarían por alto: el movimiento de las manos, las miradas rápidas, la distancia entre los cuerpos. El control estaba en esos detalles. Era allí donde Ripley jugaba su mejor partida, moviéndose entre lo visible y lo oculto con la misma facilidad con la que cruzaría esa puerta.

El contraste entre el interior iluminado y el exterior oscuro hablaba de la dualidad que Ripley conocía tan bien: lo que se muestra al mundo y lo que se guarda bajo llave.

Desde las sombras, todo parecía tan limpio, tan ordenado, pero él sabía que tras cada fachada impecable se escondía un mundo de secretos. Esa puerta abierta no era solo una invitación; era una advertencia. No todo lo que brilla bajo la luz merece confianza, y no todo lo que está en la sombra es lo que parece.

Y así, la escena parecía perfecta, pero había algo inquietante en ella, como un susurro inaudible que flotaba en el aire. Era la sensación de estar observando algo demasiado íntimo, un momento que no estaba destinado a ojos extraños. Ripley lo habría disfrutado. Porque para él, ser testigo desde las sombras no era solo un hábito; era su naturaleza.

El reflejo del vidrio.

El Reflejo Del Vidrio

Carmen Perez Carpeño

Esta fotografía tiene un aire de misterio y soledad que para mí conecta perfectamente con la esencia de Ripley.

Ella estaba sentada al fondo del vagón, con la bolsa bien sujeta contra el pecho y una expresión que desafiaba la interpretación. Una cara común, perdida entre cientos que pasaban todos los días, pero sus ojos… sus ojos contaban otra historia. La barra del asiento la dividía en dos, como si el vagón quisiera reflejar

su verdadera naturaleza: una mitad expuesta, visible para el mundo, y otra oculta, resguardada en las sombras.

Ripley habría reparado en ella de inmediato. No porque fuera extraordinaria, sino porque no lo era. Era precisamente su falta de singularidad lo que la hacía interesante. La forma en que sus manos descansaban sobre la bolsa con una firmeza no disimulada, como si temiera que alguien pudiera quitársela de golpe.

O tal vez escondía algo allí. Ripley habría sonreído ante esa posibilidad, sin apartar la mirada.

Cuando el tren se detuvo y las puertas se abrieron, el resto del vagón se movió al unísono. Ella no. Permaneció allí, inmóvil, mientras las sombras seguían su curso. Y Ripley habría sabido que el misterio no estaba en el movimiento del mundo, sino en las personas que saben quedarse quietas.

La conversación.

La conversación

Carmen Perez Carpeño

El perfil de la mujer de la derecha era impecable, casi esculpido, pero sus ojos miraban con atención durante la conversación, más allá del vagón, como si estuviera en un lugar donde se encuentra segura, pues va sin agarrarse a ningún sitio. A pesar de ello, había algo en su postura que hablaba de una alerta tenue, como si escuchara con un oído y con

el otro rastreara los murmullos del vagón, los sonidos de las puertas, el ritmo exacto del tren.

La otra mujer, en cambio, hablaba con cierta urgencia, casi en susurros, como si temiera que alguien más estuviera escuchando. Apenas se percibía que moviera sus labios. Sin embargo si aparece su mano derecha en movimiento, revelando

de esta manere la intensidad de la conversación.

En el universo de Ripley, cada encuentro es un juego de máscaras, cada conversación un duelo de intenciones ocultas. La fotografía, en blanco y negro, congelaba ese instante ambiguo en el que las palabras parecían flotar, sin contexto, pero cargadas de significado.

Escaleras.

Escaleras

Carmen Perez Carpeño

Estas escaleras vistas desde arriba, con una apariencia de descenso y sin personajes, podrían simbolizar el viaje interno hacia la oscuridad moral y el vacío existencial (si nos basamos en el significado

como este en la serie, sería el sentimiento que de Tom Ripley).

Representan su caída progresiva en el engaño, la alienación y la ambición.

Además, las escaleras evocan el aislamiento y la falta de control, reflejando el laberinto emocional y moral en el que el personaje se encuentra atrapado.

Carmen Verde Arias

El eco de una presencia.

El Eco De Una Presencia

Carmen Verde Arias

La luz de las farolas antiguas perfora la oscuridad, dibujando pequeños círculos luminosos en el suelo, como si ofrecieran refugios temporales, momentos donde uno podría detenerse y escapar de las sombras. Pero yo, como Ripley, elijo seguir caminando por el filo de la penumbra siguiendo a esa figura que parece pertenecer más a las sombras que a la luz . 

La claridad está ahí, al alcance de la mano, y sin embargo, ella prefiere la seguridad del anonimato. Es como una trampa, mostrándome solo lo que está justo frente a mis ojos, un fragmento de realidad que nunca es suficiente para comprender lo que yace más allá. 

La oscuridad, con su vastedad insondable, consume todo lo que toca, envolviendo cada paso en misterio. En este camino no hay descanso, solo una incómoda certeza: aquí, lo visible nunca cuenta toda la historia. La figura que soy se diluye en las sombras, mientras la calle me absorbe con su silencio denso y opresivo. 

La calle, con su intrincado juego de luces y sombras, no es simplemente un camino; es una metáfora de esta existencia de doble filo. Los extremos oscuros devoran los detalles, mientras el contraste implacable de la luz fría deja entrever apenas fragmentos de una verdad fragmentada. Es como una escena sacada del mundo de Ripley, donde cada rincón sombrío parece resguardar un secreto indecible y cada destello de luz se transforma en un interrogatorio silencioso.

Aquí, nada es casual: la penumbra oculta lo que no debe ser dicho, y la luz revela solo aquello que carece de importancia. Todo parece conspirar para mantener el misterio intacto, como si incluso la calle supiera que el verdadero peso de la historia yace en aquello que nunca se muestra.

La elección de seguir caminando por la sombra no es azar; es un acto deliberado de voluntad. Cada fragmento de claridad que deja atrás es un triunfo para su máscara, una reafirmación de que este juego de luces y sombras es el único en el que sabe moverse. Ripley lo entendería. Porque para él, la luz no salva.

La luz, tan cercana, podría arrancarle de estas sombras que le envuelven, podría exponerlo. Pero también podría desnudar lo que lleva en las manos, lo que oculta en esas bolsas, lo que guarda en su mente. Y, como Ripley, elijo el disfraz, la oscuridad como aliada. La luz no es redención, es riesgo. Es un espejo demasiado brutal para alguien que, como él, prefiere la mentira que protege a la verdad.

Cada paso resuena en el pavimento, un eco que parece acusarlo. Las bolsas en sus manos cuelgan como testigos silenciosos de lo que lleva consigo; no son solo objetos, sino el peso de decisiones pasadas. El crujir de sus asas interrumpe la quietud del lugar, un sonido que parece amplificado por el silencio absoluto de la calle.

Es un andar calculador, como el de Ripley, donde cada paso tiene una intención oculta, donde el camino no importa tanto como lo que se oculta en las sombras o lo que podría revelarse con cada movimiento.

La luz de las farolas me acompaña, pero no me consuela. En lugar de iluminar un sendero claro, las sombras se alargan, se mezclan con mi figura y la suya. Siento que, a medida que avanzamos, yo también me convierto en parte del paisaje sombrío.

Para mí, esta escena es un imán. La combinación de extremos, la fragilidad de las sombras y la contundencia de la luz, construye un escenario que pide ser capturado. No es solo la estética, sino el misterio que la imagen evoca, la historia que parece susurrar en silencio. Es un disparo que no busca respuestas, sino que plantea preguntas: ¿Quién es esta figura? ¿Qué carga lleva? ¿Por qué prefiere la sombra cuando podría detenerse bajo la luz, donde todo sería más claro, más seguro, pero también más revelador?

Cada paso lo aleja de lo que podría haber sido, de la posibilidad de la luz, y lo adentra más en la sombra, donde puede seguir oculto. Pero no quiero seguir en la oscuridad. Me voy a casa; hoy no quiero entrar en mis propias sombras.

Escalera a la falsedad.

Escalera A La Falsedad

Carmen Verde Arias

Las escaleras, cuya principal función es comunicar dos puntos situados a distinta altura, han sido siempre un elemento arquitectónico fascinante para el ojo del fotógrafo. Pero su atractivo va más allá de su utilidad práctica: esconden un encanto particular, una invitación a lo desconocido. Cada giro oculta un fragmento de lo que está por venir, nos detiene y nos incita a imaginar lo que hay más allá, fuera de nuestra vista. Su estructura, retorcida y sinuosa, es una metáfora de los caminos que tomamos en la vida, llenos de luces y sombras. Y cada vez que las miramos, cuentan una historia distinta.

Usamos las escaleras para dirigir nuestra atención hacia un destino final, aunque a veces este no exista. No siempre tienen un mensaje significativo, pero en términos de composición fotográfica son irresistibles. El espectador tiene una tendencia instintiva a seguir con la mirada la trayectoria de un camino, un río o una escalera, atrapado por esa línea que lo guía.

En fotografía sucede lo mismo: si guías al espectador, mirará donde tú quieras que mire. Así, las escaleras ofrecen infinitas formas de entrar y salir de una imagen.

En esta captura, inspirada en la atmósfera en blanco y negro de Ripley, cada peldaño parece conducir hacia lo desconocido, como un acertijo visual que pide ser descifrado.

En el mundo de Ripley, las escaleras no son solo caminos hacia lo desconocido; son herramientas, trampas y escenarios donde se despliega su juego calculador. Cada tramo, como cada decisión en su vida, es un paso medido hacia sus objetivos, siempre bajo la sombra de una moral ausente. La escalera se convierte en el símbolo perfecto de su naturaleza: un ascenso falso, donde cada giro oculta intenciones turbias y verdades manipuladas.

Ripley se mueve en las escaleras como en su vida, con frialdad y mezquindad, subiendo y bajando según sus intereses, sin mirar atrás ni importarle a quién deje caer. No son caminos hacia la redención; son instrumentos para construir su mundo de mentiras. Para él, la ética es un estorbo y la verdad, un lujo que pocos pueden permitirse.

La ausencia de color en estas escenas refleja la ausencia de escrúpulos de Ripley, un hombre dispuesto a cualquier cosa por su beneficio.

Y lo peor de todo es que, al final de sus escaleras, no hay redención ni justicia. Solo queda la ambigüedad de un hombre que siempre encuentra la forma de salir limpio, aunque su ascenso esté manchado por la suciedad de sus actos.

El paseo de la duda.

El Paseo De La Duda

Carmen Verde Arias

Al mirar esta imagen, no puedo evitar sentirme cautivado por la figura que camina por la playa. Su silueta oscura, casi absorbente, se recorta contra la luz deslumbrante del mar y la arena, creando una escena surrealista, casi onírica. Hay algo en esa figura que me atrae, un misterio que se entrelaza con la oscuridad de su presencia, mientras el vasto paisaje brilla con una intensidad cegadora.

La figura no es solo una presencia, es un enigma. Su oscuridad absoluta evoca aislamiento, introspección, quizás culpa o pérdida. Cada paso sobre la arena parece cargado de intención, como si caminar fuera un ritual, un acto de confrontación con uno mismo. No es simplemente alguien caminando; es un reflejo de esa parte de mí que busca respuestas, que avanza en soledad sin saber exactamente hacia dónde. Me siento reflejado en ella, como si cada movimiento sobre la arena fuera mío, impregnado de introspección y tal vez de una pena silente.

Atrapada entre dos mundos —la luz cegadora de la playa y la sombra profunda que lleva consigo— su oscuridad se convierte en un símbolo de aquello que no podemos dejar atrás. Un recordatorio de que, incluso en los momentos más luminosos, las sombras siempre encuentran un lugar para existir.

La playa, inmersa en esta clave alta, no guarda sombras excepto la que porta el caminante, como si toda la oscuridad estuviera contenida en él.

Y luego está el mar. En su calma luminosa, refleja la misma dualidad: un espacio de serenidad que también puede volverse peligroso, que no ofrece respuestas sino la vastedad de su horizonte infinito. El ser humano siempre ha sido irremediablemente atraído por él.

Hay algo casi hipnótico en su inmensidad, una invitación a acercarnos y, al mismo tiempo, un recordatorio de nuestra pequeñez. En esta imagen, el mar es mucho más que un paisaje: es un testigo mudo que, como el caminante, guarda secretos en su vastedad. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla parece hablar de lo que callamos, de lo que ignoramos, y de lo que nunca podremos alcanzar.

Este extremo contraste entre la claridad y la oscuridad narra un juego de dualidades: luz y sombra, verdad y mentira, esperanza y desolación. Es una representación profunda de las luchas internas de quienes habitan en el borde entre la apariencia y la realidad, una batalla invisible entre la luz que intenta revelar la verdad y las sombras que buscan ocultarla.

Esa contradicción, esa dualidad, me recuerda que todos llevamos algo de oscuridad con nosotros, sin importar cuán brillantes sean las etapas de nuestra vida.

En este espacio intermedio, donde lo que parece no siempre es, el personaje que se enfrenta a este dilema camina como si no pudiera escapar de sí mismo. Como Ripley, podría tratarse de alguien que navega entre lo que aparenta ser y lo que realmente es, un ser que transita un mundo que parece puro pero que carga con el peso de sus secretos.

La luz, esa claridad que parece representar la verdad, brilla con una intensidad casi insoportable. Como las sonrisas vacías que a menudo mostramos al mundo, parece pura, llena de promesas. Pero, como el sol del mediodía que ciega y desvanece los detalles, esta luz también revela demasiado, exponiendo la crudeza de la realidad del caminante. Lo que se oculta en las sombras, lo que permanece en secreto, no puede quedar en la oscuridad para siempre.

Y yo, como esa figura en la playa, también me dejo arrastrar por la atracción del mar, sabiendo que nunca podré comprenderlo del todo, pero que siempre regresaré a su orilla, buscando algo que jamás parece estar completamente a mi alcance.

Miguel González

Pasos en la madrugada.

Pasos En La Madrugada

Miguel González

Nunca conocí su nombre tan solo veía su silueta y su sombra proyectada sobre los adoquines, acompañada del sonido de sus pasos hasta llegar a la parada de autobús, como cada mañana en dirección a nuestros trabajos. 

Madrid es una ciudad grande demasiado grande, pero a veces se hace pequeña, cuando en las horas de la madrugada las mismas personas coincidimos para coger el mismo autobús, el de las 6:35, que nos llevará a cada puesto de trabajo, en nuestras vidas diferentes. 

Es entonces, cuando la ciudad se ha hecho pequeña; las mismas personas coincidimos en los mismos sitios,  colocándonos en lugares parecidos al día anterior, dentro de ese autobús. 

Es el ciclo de una monotonía diaria, donde se alcanza un equilibrio, rompiéndose cuando una mañana alguien no va en ese viaje de las 6:35, alguien que diariamente coincidía con nosotros no vuelve a estar.

Su habitual asiento, ahora vacío por la poca afluencia de viajeros debido a la hora tan intempestiva, se vuelve una ausencia sonora, como ese tic-tac del reloj de pared en medio del silencio al anochecer, cuando la luz que entra por la ventana es tan débil que todo se desdibuja y se funde entre sombras y siluetas confusas.

 Ese asiento vacío no para de clamar la atención.

¿Qué te asusta?

¿Qué te asusta?

Miguel González

No conozco a la persona, no soy quien para hacer preguntas, posiblemente esté en otro turno o haya cambiado de trabajo; quizá esté de vacaciones. Son muchas las variables  que pueden darse y no la conozco. Los viajeros cambian de rutina, transporte o trabajo. 

Aunque ese sexto sentido, que no sabemos exactamente cómo funciona, ni a través de qué canal nos llega una evidencia que parece certera, me dice que algo ha ocurrido. Pero nunca sabremos qué, es una persona desconocida y alguien que jamás nos contará su vida.

Como en Ripley, la realidad ha dado un giro de guion, la aparente calma en blanco y negro, se llena de posibles peligros. Nada es lo que parece o quien parece ser.

---Título---

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Miguel González

Desde mi lugar del trabajo frente a la pantalla del ordenador los pensamientos se agolpaban en mi cabeza y decidí contactar con un gran amigo periodista de la crónica de sucesos. Trabaja en un viejo periódico que agoniza absorbido por la era digital, intentando sobrevivir imprimiendo noticias, especialmente sucesos y crónica negra. Un periódico que se niega a desaparecer y lucha inútilmente contra el sumidero de los nuevos tiempos. 

Cuando planteé a mi amigo investigar algún posible suceso ocurrido en las inmediaciones del lugar de tránsito hacia la parada del autobús, éste se mostró muy interesado, con ganas de buscar posibles noticias que nutriesen su periódico en horas bajas.

Me prometió investigar y avisarme si encontraba algún suceso o se trataba simplemente de un cambio de vida de una persona, algo rutinario sin más misterio ni complicación.

Prometió llamarme en una semana y contarme lo averiguado acerca de la chica sin nombre. 

Pasaron diez días y no tenía noticias de mi amigo decidí llamarle. Sorprendentemente su teléfono me dio la señal de apagado o fuera de cobertura, rara vez me había devuelto esa señal su teléfono. 

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Miguel González

Estaba cerca del final de la jornada de trabajo en la galería de exposiciones del Canal, montada bajo la estructura de un viejo depósito de agua que abasteció en su momento a parte de la ciudad. Un lugar muy interesante cuando está iluminado y ciertamente siniestro al anochecer y al ir apagando luces. A mi mente venían imágenes de una novela gráfica que en mi infancia me impactó, titulada los crímenes del museo de cera. 

Tres personas, sobrepasada la hora de cierre, se acercaban a la salida sin abandonar el centro, parándose junto al viejo polipasto que se usó para hacer reparaciones en el depósito décadas atrás. 

Era una presencia extraña diferente, el ambiente se mostraba tenso. Ahora ese sexto sentido me indicaba que la atmósfera era hostil, algo flotaba en el aire nada amistoso.

Incluso, ese sexto sentido me decía que quizá, esta extraña visita tenía mucho que ver con mi amigo periodista y su silencio… Con la chica sin nombre y sus pasos desaparecidos.

Las escenas de Ripley vinieron a mi mente, algo que es ficción acaba traspasando la pantalla y tiñendo la realidad de blanco y negro.

ROSALINA

El uso de la fotografía en blanco y negro en Replay crea una atmósfera visualmente rica de misterio, ambigüedad e incertidumbre, que yo he pretendido también en mis fotos. La luz y las sombras no solo son técnicas visuales, sino que actúan como metáforas de los temas centrales de ambos relatos: la repetición, el miedo a lo desconocido, la soledad y el aislamiento. La fotografía en blanco y negro potencia estos temas al ocultar detalles y hacer que la realidad se vuelva más etérea, al igual que el tiempo y los eventos en Replay. Ambas narrativas exploran la percepción de la realidad de manera fragmentada y ambigua, y la fotografía refuerza esa atmósfera de incertidumbre, misterio y vulnerabilidad.

Salida de la misa del gallo.

Salida de la misa del gallo.

ROSALINA

Las campanas de la iglesia repicaron por última vez, resonando con un eco profundo entre las callejuelas del pueblo. La niebla densa y casi tangible, envolvía todo, desde las luces del árbol navideño leonés hasta las sombras que se deslizaban lentamente entre los feligreses que abandonaban la misa del gallo.

La mujer ajustó su abrigo, observando cómo las demás personas se dispersaban hacia el corazón del pueblo. Ella, en cambio, decidió tomar un atajo. El arco que conectaba la iglesia con el convento parecía la mejor opción para evitar el camino más largo, pero algo la hizo detenerse un instante.

Junto al árbol navideño, entre las luces que proyectaban reflejos irregulares, distinguió una figura inmóvil que de alguna manera la inquietó, la sombra de un hombre. Era imposible ver su rostro, pero su presencia era inconfundible, opresiva. Fingiendo no haberlo notado, cruzó el arco y aceleró el paso internándose en el pasadizo que lleva al convento.

En el callejón del Convento.

En el callejón del Convento

ROSALINA

El eco de sus propios pasos se mezclaba con el crujido de las hojas bajo sus botas. A un lado, la tapia de los huertos del convento se extendía como un muro interminable; al otro, la fachada oscura del edificio se alzaba imponente. La niebla se acumulaba allí con mayor densidad, silenciando el mundo a su alrededor.

Entonces lo escuchó. Un sonido apenas perceptible: pasos rápidos, siguiendo los suyos. El frío de la noche se le clavó en la espalda. Se giró con rapidez, su aliento formó una nube frente a su rostro. Bajo la tenue luz de la única farola que iluminaba el sendero, vio la misma silueta. El hombre del árbol.

El corazón le latía con fuerza mientras continuaba caminando, sus pasos ahora eran rápidos. La farola proyectaba su sombra larga y vacilante frente a ella, pero a su espalda la figura parecía moverse con el mismo ritmo calculado, siempre manteniendo la misma distancia.

Efímera seguridad en el puente.

Efímera seguridad en el puente.

ROSALINA

La salida del callejón la llevó directamente hacia el río. El agua oscura y oculta bajo la niebla, se movía con una calma inquietante. El puente de hierro era el único camino hacia el otro lado, y las luces a lo largo de él ofrecían un respiro de claridad entre las sombras que la habían seguido toda la noche.
Fue entonces cuando escuchó algo diferente: el roce de ruedas en el asfalto. Una figura apareció en la distancia, un ciclista

que avanzaba lentamente por el puente. Su presencia le dio un instante de alivio, una sensación de compañía que rompía el aislamiento que había sentido hasta entonces.
El ciclista pasó junto a ella con un leve asentimiento y un destello de su linterna en el manillar. Pero, tan rápido como había llegado, se desvaneció entre la niebla, dejando tras de sí tan solo el sonido del rio.

Ahora, sola de nuevo, notó que el aire parecía más pesado. Las luces del puente parpadeaban con una intermitencia que no había notado antes, y aunque no se atrevía a mirar hacia atrás, podía sentir la misma presencia que la había seguido desde la iglesia.

La silueta de su hogar.

La seguridad de su hogar.

ROSALINA

Al descender del puente, las luces de las casas cercanas comenzaron a materializarse entre la niebla. Allí, en la distancia, su hogar emergía como una silueta borrosa, pero inconfundible. El simple hecho de verlo calmó el temblor en sus manos. El camino que la separaba de su casa estaba envuelto en un silencio extraño,

apenas roto por el lejano murmullo del río. Su aliento formaba nubes pequeñas y rápidas mientras se apresuraba hacia la puerta. No se giró ni una sola vez, porque sabía que la figura seguía allí, a la misma distancia, como una sombra eterna que no necesitaba ni correr ni acercarse para hacerse sentir.

Al llegar al umbral, tomó aire profundamente y buscó sus llaves con manos temblorosas. Al cruzar el marco de la puerta y cerrarla tras de sí, la calidez del interior la envolvió al instante. Desde la ventana, miró hacia el camino por donde había llegado. Solo había niebla.

Mas allá de la niebla.

Mas allá de la niebla.

ROSALINA

Encendió una vela en la mesa, sintiéndose extrañamente segura por primera vez en la

noche. Sin embargo, en el fondo de su mente, sabía que algo había caminado junto

a ella. Y que tal vez, en algún lugar entre la niebla y la oscuridad, aún estaba esperando

YOSZ

Fray. La inevitable levedad del ser.

YOSZ

Eran días en los que se iba acercando lentamente el final. Un año más tarde, Fray marchó a esperarnos a ese lugar/tiempo al que todos llegaremos más pronto que tarde.

Historia: León, España. Doce de mayo de 2014; mal día. Rondando las 17:17; mal momento y en mal día. Pasarela peatonal sobre el rio Bernesga en León, a la altura de los Ambulatorios de Condesa de Sagasta; mal lugar, en mal momento y en mal día. Isabel, Montserrat y Triana.

Tres mujeres; quizá cuatro si incluimos a Raquel. Un revolver; al menos tres disparos. Una muerte casi instantánea. Una venganza íntima. Isabel. Dicen de fuerte carácter y autoritaria, con mucho poder en sus manos y usado arbitrariamente; entramado de corruptelas y clientelismo.

Un crimen recibido con cierto entusiasmo por unos, con indiferencia por otros. ¿Un crimen recibido con entusiasmo?. Si, entusiasmo;  comentado  en cadenas de televisión, produciendo sorpresa que se diera ese sentimiento de entusiasmo en una parte importante de la población de León; unos 130.000 habitantes.

Incluso en redes sociales hubo momentos de cierta “liberación”. No es fácil encontrar algo parecido en la España que tanto sufrió con muertes llevadas a cabo por ETA y otros grupos terroristas.

¿Por qué puede alguien sentir alivio o entusiasmo por un crimen así? Justin Webster, director británico residente en España, crea “Muerte en León”, una serie de cuatro capítulos, cuatro horas de duración. Recomendable y posiblemente da respuestas a la pregunta.

Fray acaba de pasar por el punto donde sucedió el asesinato; unos metros detrás de él, a la izquierda, está el lugar. Han pasado más de cinco años de aquello. La gente pasamos por allí con la misma normalidad que metros antes o metros después… o al menos eso he observado. Después de muchas horas paseando con Fray por los alrededores de ese lugar, a nadie he visto que camine más despacio al pasar por ahí, nadie se queda mirando a ese suelo que se tiñó de rojo ese doce de mayo de 2014. Fray cumplía cinco años cinco días después de esa fecha.

Ripley se encargaba de que las muertes ocurriesen en escenarios donde después las personas pasarán como si nada hubiera ocurrido, nada parecía albergar información sobre lo que allí, premeditadamente o no, sucedió.

El puente, nuestro puente, es un testigo silencioso de los sucesos oscuros, como en los escenarios de Ripley. Y, tanto en el caso real como en Ripley, los asesinatos suceden por una subjetiva necesidad.

Fray necesita, a sus diez años y medio, salir de noche antes de dormirse a hacer su necesidades; ya no aguanta toda la noche del tirón. Esa noche nos  acercamos a la Pasarela, atraídos por su luz, como nocturnos insectos voladores. Me detuve al comienzo de la Pasarela. Sabía que subiría hasta el punto más alto, miraría hacia atrás, me vería esperándole y volvería. Ese día llevaba la cámara. Me agacho a su altura y, cuando estaba a unos metros, disparo cámara. Fray camina despacio, la artritis es su otra amante inoportuna. Me vinieron a la mente los nombres de tres mujeres, quizá cuatro.

Tratamiento: Con Luminar 3. Rebaja de nitidez. Leve viñeta. Mapeo
de LUT. Filtro dramático aplicado ligeramente. Elimino detalles para
conseguir un aspecto acuoso en Fray. Recorte para mantener a Fray
ligeramente descentrado. Original en RAW.

¡Eso es todo amigos!

El callejón.

YOSZ

Una figura enigmática se encuentra en cuclillas, iluminada dramáticamente por una ventana que contrasta con las sombras, mientras observadores en penumbra parecen intrigados o cautelosos por su presencia.

Historia: León. España. Auditorio Ciudad de León. Continuamos con la acción artística por parte de los Alumnos de la Escuela Municipal del Ayuntamiento de León, de música, danza y teatro, coordinada por Rosario Granell. En el momento en que captó la imagen por el visor, mi mente hizo de su capa un sayo. Súbitamente me preguntaba por la sensación que debe de tener un toro cuando sale de los Corrales de Santo Domingo y enfila, cuesta arriba, la calle del mismo nombre allá en Pamplona.

Recomiendo leer el libro “Mentes maravillosas” de Carl Safina, edición española por Galaxia Gutenberg (19,35€). Me permito un resumen brevísimo de un par de sus páginas, del capítulo “¿Característicamente humano?”,en el bloque de la primera parte del libro, página 40 y siguientes. Luego reconsideráis la pregunta anterior; y que cada cual se sugiera el color del cristal de sus gafas. A principios del siglo XX nace la psicología comparada, donde se estudiaba la conducta y las capacidades psicológicas de las especies animales. En 1951, Niko Tinbergen pública “El Estudio del Instinto”, donde se plantean las cuatro preguntas en las que se basa la etología. En 1973, Konrad Lorenz, Karl von Frisch y Niko Tinbergen reciben el premio Nobel por sus estudios en el campo del comportamiento animal. Konrad Lorenz por el estudio de la impronta en los gansos, Karl von Frisch por sus estudios en el campo de la comunicación de las abejas y Niko Tinbergen por estudiar el comportamiento de cortejo en el pez espinoso. Allí comenzó el final de ese conjunto de siglos de supersticiones (los lobos son encarnaciones de espíritus, etc.). Pero en aquella ciencia incipiente había un importante agujero negro: a los jóvenes científicos se les formaba para considerar que el comportamiento de los animales no humanos no incluía necesariamente el pensamiento consciente (Joyce Pool, experta en comunicación entre elefantes). En la enseñanza formal en Biología, se indica claramente la directriz principal: “No atribuyas a otros animales experiencias mentales humanas, sean pensamientos o emociones.

Eso es antropomorfismo”. ¡Evidentemente!, pero paradójicamente eso también lo aplicamos a familiares y amigos nuestros, y es antropomorfismo, y no son “nosotros”. 

Y en el siglo pasado, aquella directriz pasó a ser una camisa de fuerza para la investigación. Los etólogos debían solo describir lo que veían, nada más. Que rondara por la cabeza la idea de preguntarse el sentimiento o ideas de los otros animales, según lo que se observaba y describía, era simplemente un tabú. Y si en el tiempo de aquellos premios Nobel se te ocurría aproximarte a ese “antropomorfismo”, estabas muerto científicamente. Simplemente no te dejarían publicar.

Pero en 1970 llegó Donald Griffin con su libro titulado: “La cuestión de la conciencia animal”. Donald no era un recién llegado; fue quien descubrió el sistema de localización de los murciélagos. Y aquello removió parte del Status Quo sobre el problema de antropomorfismo. No era premio Nobel, aunque bien pensado no está garantizado que un premio Nobel tenga una mente privilegiada siempre y para todo.

Esto que sigue no es de Safina: en tiempos de aquella crisis que comenzó hace ya 8 años, recuerdo un recién galardonado premio Nobel en economía que garantizaba un rescate seguro, al estilo griego y en breve, para España. Gambazo hasta el fondo… ¡Y era premio Nobel! ¡Y era su especialidad! O el impresentable comportamiento de Dylan al ser galardonado con el Nobel… mucho mejores letras las de nuestros Joaquín Sabina o Javier Krahe, y los suecos no se han enterado aún.

Pero los humanos, aunque estemos convencidos, no somos la medida de todas las cosas, lo que por otro lado sería un estricto antropocentrismo. Así que los investigadores comenzaron a pensar que esa camisa de fuerza del antropomorfismo comenzaba a ser una rémora para la ciencia. Indudablemente proyectar nuestros conocimientos en otros animales tiene un alto riesgo de malinterpretar sus motivaciones, pero seguro que les malinterpretamos si les negamos sus propias motivaciones.

El no dar por hecho que los animales piensan y sienten fue bueno para el comienzo de la etología, pero fue tremendo error mantener esa actitud durante tanto tiempo

Tened en cuenta, y con esto termino este resumen aunque trataremos otros aspectos en otras imágenes (el libro de Safina lo requiere), que todo lo que los humanos hacemos y tenemos proviene de algún sitio. Para que la evolución llegara a hacernos como somos, se necesita ir disponiendo de todas las piezas para ello, que siempre se desarrollan en modelos anteriores a los actuales. Nosotros hemos heredado todas esas piezas, desde el esqueleto hasta el sistema nervioso, incluyendo el cerebro.

Bien, pues con este acervo de datos, pensad en los toros subiendo cuesta arriba la calle Santo Domingo. Y eso no es lo malo, lo peor es dónde acabarán ese mismo día a las 5 de la tarde. Llegarán a su peor día, al momento de su tortura cruel y sanguinaria que algunos humanos llaman el arte de la tauromaquia, pero que no tiene más recorrido que aquel de ser el arte de la tortura: la Torturomaquia. Y lo que es peor: para diversión del respetable. ¿Respetable?… ¿Ese es un público respetable?.

¡Tócate!.

Los toros son individuos negros con los cuernos blancos, como la esencia fotográfica de Ripley. Los que los matan a la vista de todos tienen trajes de colores, como queriendo estar por encima del blanco y negro. ¿Cuánto tiempo tardaremos en saber que el matar no es un arte, por tanto, quienes lo hacen no son artistas? Ni tan siquiera son artesanos. Ripley si era un artista, no por sus actos violentos sino por su mente creativa y eficiente para sus propios propósitos.

Toma: Me quedo el principio de la fila de fotógrafos y público, empujado más por las prisas de los que tenía detrás que por las mías propias. Me agacho igual que los componentes de la acción teatral y espero a tener una silueta que me llame la atención. Era esa. Hago la foto y salgo pitando hacia adelante para dejar espacio al resto de los fotógrafos.

Tratamiento: Con Lightroom. Original en RAW. No tiene mucho tratamiento, simplemente pasarla a monocromo y ajustar un poco las luces, el contraste y el encuadre. Aunque la viñeta no ayudaba mucho, la apliqué un poco.

¡Eso es todo amigos!

Cerca.

YOSZ

Un hombre con tanta experiencia como años nos muestra expresión reflexiva, mientras nos observa en silencio, envuelto en un ambiente sobrio con hojas desenfocadas de fondo que aportan un aire introspectivo

Historia: León. España. Navidades, fechas en las que la mayoría de las familias se reúnen por efecto de una mezcla de superstición y de costumbre, dependiendo bien por las creencias religiosas de cada uno, o por las costumbres familiares, o por las costumbre sociales, o por cualquier otra razón con mayor o menor peso. Y de esta reunión es de la que tengo la última foto de Manuel… ya no hubo muchas más navidades con Él; unos pocos años más y La Parca se lo llevó al lugar donde todos esperaremos a los siguientes. ¿Hace falta que os diga que Manuel tenía dos miradas al mismo tiempo?

¿Cómo combatir la muerte?. Fernando Savater te anima a hacerlo emprendiendo un proyecto ético, una cruzada personal. Cuando te alcance la inevitable melancolía pegajosa sobre cualquiera de tus pensamientos, cuando no tengas intenciones de arrancar cualquier esfuerzo, te habrá llegado el mismo momento que le llegó a Alonso Quijano cuando abandonó el Quijotismo… y se fue.

Todo esfuerzo humano en vencer la muerte puede que sea inútil… es probable que antes o después te vendrán a buscar… de una u otra forma llegará ese cansancio sobre un hipotético cuerpo eternizado por la futura ciencia. Nuestro entramado neuronal es grandioso pero limitado, y no cabrán más experiencias ni conocimientos si no eliminamos algunos de los anteriores para hacer espacio a los nuevos. Si vivir eternamente supone ir perdiendo recuerdos y experiencias de mi pasado… ¿Merecerá la pena vivir eternamente olvidando también eternamente cosas antes vividas?

Toma: En casa, en nuestra anterior casa. Fotos a cada uno de la familia, fotos cercanas, a personas que confían en lo que estás haciendo y, seguramente por eso, no te hacen mucho caso cuando rondas cerca. Manuel era uno de ellos; salía bien en las fotos porque ignoraba en una magnitud cósmica al fotógrafo.

Manuel hubiera sido un buen actor en Ripley. Su facilidad para ignorar a la cámara era sorprendente. Incluso cuando le decías que posara para la foto, su aspecto era de estar pensando en cualquier otra cosa, excepto en posar. Creo que le hubiera facilitado mucho el trabajo al Director de la película. Se hubiera integrado en algún personaje de Ripley con una extraña facilidad, incluso no hubiera sido necesario que dijera una sola palabra del guión para que notásemos todos su presencia en las diferentes escena. Hubiera cubierto excelentes personajes como camareros, conductores de taxis, personas despachando tras un mostrador, carabinero, inspector…

Tratamiento: Con Lightroom. Original en JPG. Recortamos el encuadre y pasamos a monocromo y trabajamos los canales para oscurecer los verdes y amarillos de las plantas del fondo. Creo que nada más hice a la imagen.

¡Eso es todo amigos!